Mary Shelley, la madre de Frankenstein

Sobre obsesión y creatividad

La invención, debe admitirse humildemente, no consiste en crear a partir del vacío, sino del caos; los materiales deben, en primer lugar, ser suministrados: puede dar forma a oscuras, informes sustancias, pero no puede crear la sustancia misma.

Prólogo a la tercera edición de Frankenstein o El moderno Prometeo (1831)

Mary Shelley

Mary Shelley y Frankenstein

La sombra de Mary Shelley. Ilustración de Marta Gómez-Pintado

Mary Shelley dio a luz a Frankenstein de una manera que guarda un interesante paralelismo con la forma en la que Stevenson concibió a su Jekyll y Hyde. Estimulada por un reto entre poetas, el rayo que alumbró a su criatura, a través de un profundo estado de ensoñación, obedeció a la obsesión sobre la maternidad de la autora, huérfana de madre y que ya había perdida a su primera hija, sumada a su visión crítica sobre los límites que los hombres están dispuestos a rebasar en nombre de la Ciencia.

Mary Shelley perdió a su madre al nacer (1797). Su ausencia la marcaría profundamente. Su madre era Mary Wollstonecraft, una mujer adelantada a su tiempo que había publicado la Vindicación de los derechos de la mujer en 1792, donde defendía una educación igual para ambos sexos regida por la Razón. Esa educación se la daría William Godwin a su hija Mary, fiel a los ideales que había compartido con su madre. William Godwin era un filósofo de ideas avanzadas que gozaba de gran reconocimiento por obras como Justicia Política o William Caleb. Su hija le dedicaría Frankenstein ya en su primera edición de 1818, publicada anónimamente.

Mary Shelley tuvo muy presente a su progenitora durante toda su infancia. Pasó muchas veladas leyendo los textos de su madre junto a su tumba. Llegaría a sentir una gran cercanía con ella, como si realmente la hubiese conocido. Escribió sobre ella:

Mary Wollstonecraft era uno de esos seres que aparecen quizá solo una vez en cada generación para dar brillo a la humanidad con un rayo de luz que ninguna diferencia de opinión ni circunstancia puede oscurecer. Había sido educada en la dura escuela de la adversidad y, conociendo los sufrimientos de los pobres y los oprimidos, alimentó en su alma el ardiente deseo de disminuir tales sufrimientos. Su sólida inteligencia, su intrepidez, su sensibilidad y encendida simpatía, dejaban su impronta en todos sus escritos con fuerza y verdad, y los dotaban de un dulce encanto que deleita a la vez que ilumina.

Sin embargo, como autora, Mary Shelley, si bien compartía la visión crítica de su madre sobre la sociedad patriarcal en la que vivía, que negaba el trato de igualdad a las mujeres, cuestionó en Frankenstein los ideales de la Razón y el Progreso que defendían tanto su madre como su padre. Pudo influir en su distanciamiento crítico la decepción que le causó la conducta de su progenitor, que le dio la espalda cuando más le necesitaba, sin dinero y embarazada del que pronto sería su marido, el poeta Percy Shelley. Su padre se sentía traicionado por Percy Shelley por haberse fugado con ella (Percy Shelley conoció a Mary por su padre, cuya obra admiraba). Mary interpretó su actitud como la propia de quien actúa sujeto a los mismos convencionalismos que critica en su obra.

Mary, apenas con dieciocho años por entonces, perdió a su hija, nacida prematura, un duro golpe que tardó en asimilar. Ella misma escribió en su Diario el 19 de marzo de 1815: “Sueño que mi pequeña vuelve a la vida, que sólo estaba fría y que la masajeábamos al calor de la lumbre y ella vivía”.

Cuando la noche del 16 de junio de 1816 Mary y Percy Shelley junto a Lord Byron y su médico John Polidori retan a su ingenio para escribir, bajo la influencia de sus últimas lecturas, un cuento de fantasmas, todos los elementos que han de configurar Frankenstein están ya en poder de Mary Shelley, a falta del rayo de inspiración que dote de vida a lo que de momento sólo son piezas narrativamente inertes dentro de su imaginación.

Según nos cuenta la propia Mary Shelley, que desde niña acostumbraba a “formar castillos en el aire —el dejarse ir soñando despierta”, tras varios días intentando, sin éxito, “pensar una historia” después del reto de Lord Byron, tras una charla nocturna en la que Percy Shelley y Lord Byron hablan sobre el galvanismo (Luigi Galvani creía que la electricidad es el principio activo del movimiento) y los trabajos de Erasmus Darwin (que teorizaba sobre la posibilidad de revivir tejido muerto), Mary Shelley se va a dormir:

Apoyé la cabeza en mi almohada. No dormía, tampoco podría decir que pensase. Mi imaginación, espontáneamente, me poseyó y guió, regalándome las sucesivas imágenes que surgieron en mi mente con una vivacidad bastante más allá de los límites usuales del ensueño. Vi —con mis ojos cerrados, pero con una nítida imagen mental—, vi al pálido estudiante de impías artes arrodillado junto a la cosa que él había armado, vi al horrible fantasma de un hombre estirarse, y entonces, por la acción de algún poderoso motor, mostrar señales de vida, y moverse tenso y poco natural. Terrorífico debe ser; porque inmensamente terrorífico sería el efecto de cualquier esfuerzo humano para imitar el extraordinario mecanismo del Creador del mundo.

Frankenstein o El moderno Prometeo es una compleja novela donde lo gótico y lo romántico apenas disfrazan la mirada profundamente crítica de la autora con relación a los excesos y carencias de su protagonista Víctor Frankenstein: un hombre que se deja cegar por su afán de conocimiento y sus desmedidas ambiciones de robarle el secreto de la vida a la muerte para ser “el padre de una nueva raza” y que parece incapaz de otro sentimiento que no sea el de compadecerse de sí mismo. En cuanto consigue dar vida al monstruo que ha creado a partir de cadáveres humanos y restos de otros animales, su rechazo y desprecio por su creación es inmediato. Ni siquiera se digna a ponerle un nombre y lo abandona cruelmente a su suerte. Pronto descubriremos que el monstruo sólo lo es en su apariencia. Sensible e inteligente, es el rechazo de su creador y del resto de los hombres el que le acaba volviendo el monstruo que todos ven.

En esta novela el mal sobreviene por la acción de su protagonista Víctor Frankenstein, un moderno Prometeo, y no por la acción de ninguna Pandora. Las mujeres aquí sólo son víctimas de los desmanes de los hombres, piezas sacrificables en el tablero donde juegan su partida el atormentado Víctor Frankenstein y su no menos atormentada criatura. La desgracia del monstruo comienza con el rechazo de su creador y la ausencia de una madre que le dé su calor. Tampoco será atendida su petición de tener una compañera, su última esperanza de redención a través del amor, pues su creador piensa que tal compañera “podría llegar a ser diez mil veces más maligna que su compañero”. Esta condena a la más terrible soledad desatará toda la capacidad destructora del monstruo, que, implacable en su venganza, envenenará la existencia de su creador hasta el último de sus días.

El cuestionamiento ético sobre los límites que los hombres traspasan en su búsqueda del conocimiento sigue en plena vigencia dos siglos después de que Mary Shelley entregase al mundo la horrible criatura que surgió de su terrible ensueño. Hoy es Casandra quien, con su don de la profecía, nos dice que estamos llegando a un punto sin retorno que pone en peligro nuestra supervivencia como especie por la explotación sin freno de los recursos naturales de nuestro planeta. Por la cuenta que nos trae, esperemos no acabar todos como Víctor Frankenstein por no querer escucharla.

 

4 comentarios en “Mary Shelley, la madre de Frankenstein

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