Basado en hechos reales II

Sobre la suspensión de la credulidad

 

Retrato de Hannah Arendt

Hannah Arendt. Ilustración de Marta Gómez-Pintado

 

Las mentiras resultan a menudo mucho más verosímiles, más atractivas para la razón, que la realidad, porque quien miente tiene la gran ventaja de conocer de antemano lo que su audiencia espera o desea oír. Ha preparado su historia para el público con la preocupación de hacerla creíble, mientras que la realidad tiene el hábito desconcertante de confrontarnos con lo inesperado, para lo que no estábamos preparados.

Crisis de la República

Hannah Arendt

Resulta tranquilizador hablar de la “suspensión voluntaria de la incredulidad”, como dice Coleridge, porque esto presupone la existencia de un activo espíritu crítico, que sólo desconectamos cuando queremos y por razones de disfrute artístico.

Sin embargo, nuestro espíritu crítico se activa sólo cuando tenemos que tomar decisiones. No andamos cuestionándonos lo que hacemos a cada minuto. La mayoría de las cosas las hacemos de una manera automática, sin pensar, siguiendo unas pautas de conducta tan previsibles para nosotros como para quien nos conoce. Este flujo automático sólo se interrumpe cuando tenemos que tomar una decisión, y una vez tomada, volvemos a sumergirnos en él, sea esta decisión menor como elegir un restaurante para ir a cenar o de una gran trascendencia como comprar una casa, con una hipoteca a pagar en treinta años. Podemos dudar si meternos en ese crédito de treinta años, pero desde el momento en el que firmamos con el banco, mientras podamos pagar la hipoteca cumpliremos con sus plazos con la misma naturalidad con la que nos lavamos los dientes o cambiamos de canal de la televisión cuando están poniendo anuncios. En otras palabras: cualquier cosa que pasa nuestro filtro crítico una vez, lo suele pasar para siempre, al menos mientras las circunstancias no varíen drásticamente (en nuestro ejemplo, porque nuestra empresa quiebre o perdamos el trabajo y no podamos pagar la hipoteca). En tal caso, nos vemos obligados a replantearnos los supuestos desde los que partimos al actuar, cuya validez dábamos por sentado hasta ese momento. Nuestra conducta obedece más a la creencia que tenemos sobre su idoneidad que a su propia idoneidad, que es lo primero que dejamos de poner en cuestión una vez decidimos actuar en un sentido u otro. Esta fe en lo infalible de nuestro juicio primero, que solemos asociar a lo inmediato del sentido del gusto (me gusta o no me gusta; de ahí la importancia decisiva de causar una buena primera impresión), constituye el fundamento de nuestra credulidad que nos permite desenvolvernos de una manera previsible dentro de un marco conocido, lo que, en general, resulta una enorme ventaja para todos.

El problema surge cuando nuestro juicio primero está equivocado (porque nos están engañando o interpretamos mal la información que tenemos) o cuando nuestro marco de referencia ha cambiado y seguimos actuando como si fuese el mismo de siempre (porque nos queremos engañar o ignoramos conscientemente la información que nos contradice).

Si estamos en una relación de pareja, por ejemplo, y nos están poniendo los cuernos, es muy posible que nuestra pareja esté delatándose en múltiples detalles, como que cuida más su aspecto o que se contradice sobre dónde se supone que ha estado tal día, o que siempre tiene una excusa para no acompañarte cuando vas a ver a tu familia, etc. ¿Nos ayuda la ficción en una situación así? Puede hacerlo perfectamente. Nos hemos dado cuenta de esos pequeños detalles que no encajan en el relato que nos hacemos de nuestra relación, pero por más delante que tengamos la evidencia no la vemos porque nuestra credulidad nos está cegando. Y entonces alguien nos cuenta una historia de infidelidades, o la leemos o la vemos en una película, y de pronto salta la alarma. La verdad de lo que nos cuentan proyecta su luz inesperadamente sobre lo que no hemos querido ver hasta este instante.

¿Sucede lo mismo si lo que está en juego es algo no sólo tan importante como nuestra relación amorosa, sino tan fundamental como nuestro propio cuello? ¿Una verdad dentro de una ficción puede ayudarnos a leer un peligro real que nos amenaza bajo una apariencia fiable? La siguiente anécdota protagonizada por la extraordinaria pensadora Hannah Arendt, según nos cuenta Elizabeth Young-Bruehl en su biografía Hannah Arendt: Por amor al mundo, ilustra bien esta cuestión:

En octubre de 1940, cuando Hannah Arendt se encontraba en el sur de Francia con su marido, después de haber huido del campo de internamiento de Gurs, las autoridades francesas del régimen de Vichy exigieron que todos los judíos se registraran en la prefectura de policía más cercana a sus domicilios. Pese a que a esas alturas todos eran conscientes de lo que estaba en juego, muchos refugiados se fiaron de la buena fe de las autoridades locales. Hannah Arendt, por su parte, prefirió desobedecer esa orden y convertirse en residente ilegal (a la vez que aceleraba los trámites para la huida del país). Según contaría años después, sus lecturas de las novelas policíacas de Georges Simenon la habían convencido de que no debía fiarse de la policía francesa. Quienes siguieron su consejo tuvieron, como ella, la oportunidad de escapar a un destino que fue trágico para aquellos que, apegados a su credulidad, confiaron en las buenas intenciones de las autoridades del régimen de Vichy, que los entregaron a los nazis para que los asesinasen en los campos de exterminio.

Hannah Arendt tuvo siempre buenas palabras para la obra de Georges Simenon, pero si se hubiese tropezado con él en 1940 habría descubierto que ciertos escritores belgas eran tan poco de fiar como la policía francesa, dentro de ese “hábito desconcertante de confrontarnos con lo inesperado” que tiene la realidad como ella misma señaló. Porque en mayo de 1940, según cuenta Pierre Assouline en su libro Simenon: una biografía (1992), Simenon, al frente del Alto Comisariado de Refugiados Belgas de la ciudad de La Rochelle, después de que los nazis habían invadido su país y estaban a punto de invadir Francia también, iba a negar su ayuda a 1200 judíos de Amberes, que para él no eran belgas sino “apátridas israelitas”. Esta clase de actitud le permitió ganarse el favor de los nazis durante la ocupación de Francia en la Segunda Guerra Mundial. Pero esta realidad incómoda pronto sería enterrada en el olvido. La embajada belga le conseguiría a Simenon, como a tantos otros colaboracionistas, un visado para Estados Unidos mientras las cosas se calmaban y unos años después, Simenon regresaría a Europa con toda suerte de honores, siendo como era un gran experto en construir una ficción, en este caso sobre sí mismo, a la altura de lo que esperaban oír sus oyentes.

6 comentarios en “Basado en hechos reales II

  1. Interesante entrada. Estoy de acuerdo con lo que escribes sobre la suspensión de la credulidad. Todos la practicamos cuando no estamos preparados para enfrentarnos con la realidad o no queremos haccerlo por cobardía. Es lo que expresa la sabiduría popular con el refrán: “No hay peor ciego que el que no quiere ver”.

    Un saludo.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s