“Voces de Chernóbil: Crónica del futuro”, de Svetlana Alexiévich

 

Voces de Chernóbil. Svetlana Alexiévich

Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexiévich (Debolsillo, 2015)

Por los caminos nos encontrábamos perros asilvestrados y gatos. A veces se comportaban de manera extraña, no reconocían a los hombres, huían de nosotros. Yo no llegaba a comprender qué les pasaba, hasta que nos ordenaron que disparásemos contra ellos.

Oleg Leóntievich Vorobéi, liquidador

Luego regresamos a casa. Me quité de encima todo aquello, toda la ropa que llevaba, y la tiré a la basura. Pero la gorra se la regalé a mi hijo pequeño. Tanto me la pidió que… No se la quitaba para nada.

Al cabo de dos años, el diagnóstico fue tumor en el cerebro.

El resto lo acabará de escribir usted. No quiero seguir hablando.

Ígor Litvín, liquidador

El mundo que nos rodeaba, antes amoldable y amistoso, ahora infundía pavor. La gente mayor cuando se marchaba evacuada y aún sin saber que era para siempre, miraba al cielo y se decía: “Brilla el sol. No se ve ni humo, ni gases. No se oyen disparos. ¿Qué tiene eso de guerra? En cambio, nos vemos obligados a convertirnos en refugiados…” Un mundo conocido…, convertido en desconocido.

Svetlana Alexiévich

Voces de Chernóbil

Liudmila Ignatenko, la joven viuda de un bombero que fue una de las primeras víctimas del accidente nuclear de Chernóbil, abre esta extraordinaria narración coral sobre la “historia omitida” de esta tragedia moderna cuya última línea no se escribirá hasta dentro de miles de años. Esta mujer calló durante diez años antes de compartir su historia para que el mundo la conociera. El dolor le impedía hablar sobre ello. Su marido fue uno de los muchos héroes anónimos que desde aquel día librarían un combate desigual para impedir una tragedia aún mayor. La explosión del reactor 4 de la central nuclear de Chernóbil, la madrugada del sábado 26 de abril de 1986, liberó material radiactivo equivalente a 500 bombas atómicas como la de Hiroshima, un desastre sin precedentes en la historia de la Humanidad. La reacción en cadena que hubiese provocado la explosión de los otros tres reactores habría devastado Europa, matando a gran parte de su población y convirtiendo el continente en un erial radiactivo. Pero esta joven viuda no nos habla del heroísmo de su marido y de sus compañeros, sino del amor y la muerte. Ella misma pondrá en riesgo su vida y la de la hija que esperan para acompañar a su amado durante su terrible agonía… Su desgarrador testimonio nos introduce directamente en un escenario desconocido que pone a prueba constantemente nuestras convicciones previas sobre las cuestiones fundamentales que nos atañen en nuestra doble condición de individuos y miembros de nuestra especie.

El hongo de la bomba atómica dominaba nuestra imaginación antes de Chernóbil como imagen visible del mayor poder destructivo conocido jamás por el hombre. Ahora sabemos que “el átomo para la paz” que da la luz a una bombilla es igualmente destructivo. En todos los documentales con imágenes de la catástrofe se ve a un ejército movilizado contra una amenaza invisible. Y en lugar de fusiles, lo que utilizan son palas. Lo que consigue Svetlana Alexiévich es que veamos con nitidez ese poder destructor de la radiación a través de la terrorífica huella que deja en sus desprevenidas e incrédulas víctimas.

Quien mira a la Gorgona directo a los ojos muere. La única manera de ver su rostro es a través de su reflejo en un espejo, un reflejo en el que su terrible rostro se funde con el nuestro:

Los pájaros e insectos huyendo de la radiación y los hombres tranquilos porque en la tele las autoridades dicen que todo está bajo control.

Los perros y gatos, convertidos en restos radiactivos a eliminar. Los que sobrevivan a la caza de los liquidadores radiactivos, huirán al bosque y se volverán hostiles al hombre.

Charcos amarillos, flores envenenadas, cielos sin pájaros.

Cementerios sellados por la contaminación radiactiva mientras los campos contaminados se siguen cultivando.

Niños que hablan como ancianos, que nunca llegarán a viejos.

Ancianas que se quedan en sus casas, solas en pueblos fantasmas, despreciando la compañía de la radiación y añorando la del hombre.

Emigrados de persecuciones y guerras que llegan a vivir a la Zona Prohibida, porque, por mala que sea la radiación, la prefieren a la compañía del hombre.

Robots que dejan de operar por la radiación y soldados que trabajan junto a ellos sin descanso ni protección adecuada, y que se hacen frívolas fotos junto al reactor que los matará.

Los jefes de estos héroes anónimos que los han enviado a una misión suicida, negándose a poner en práctica las medidas de profilaxis contra la radiación exigidas en una emergencia así para evitar, según ellos, que cunda el pánico, mientras se apresuran a aplicarse a sí mismos esas medidas y a poner a salvo a sus familias y amistades.

Contra el átomo, la pala.

Contra el olvido, la palabra.

Svetlana Alexiévich tardó casi veinte años en escribir esta crónica imprescindible, que vio la luz primero en el año 1996 y en su edición definitiva en el año 2006. Entrevistó a más de quinientas personas, “para las cuales Chernóbil representa el principal contenido de su vida, cuyo interior y cuyo entorno, y no sólo la tierra y el agua, están envenenados con Chernóbil”. Personas que en muchos casos tenían urgencia por dar su testimonio: “«Apunte usted —me decían—. No hemos comprendido todo lo que hemos visto, pero que queden nuestras palabras. Alguien las leerá y entenderá. Más tarde. Después de nosotros». Tenían razón en tener prisa; muchos de ellos ya no se encuentran entre los vivos. Pero les dio tiempo a mandar la señal…”

Esa señal nos llega como si fuese la misma radiación que ha invadido su mundo, que es también el nuestro, y nos sumerge en una intensa experiencia emocional que nos lleva desde la más honda desolación hasta la más encendida indignación, y que, sobre todo, nos llena de asombro ante la grandeza y fragilidad de nuestra condición.

Svetlana Alexiévich recibió el Premio Nobel de Literatura en el 2015. “Su polifónica obra levanta un monumento al sufrimiento y el coraje de nuestro tiempo”, escribió el jurado del Nobel sobre esta extraordinaria escritora bielorrusa que ha sabido unir como nadie periodismo y literatura para retratar la historia que nunca nos contarán los que escriben la versión oficial.

 

Amenaza nuclear

Paraíso nuclear. Ilustración de Marta Gómez-Pintado

Nota: Todas las citas del libro corresponden a su edición en Debolsillo (2015), traducción de Ricardo San Vicente.

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