Chernóbil, Fukushima, Madrid

Incompetencia, secretismo, engaño: así se escribe la historia de los accidentes nucleares

 

No sólo nos engañaban las autoridades, tampoco nosotros queríamos saber la verdad.

Liudmila Dmítrievna Polénskaya, maestra rural

 

No, no eran una pandilla de criminales. Más bien nos encontramos ante una combinación letal de ignorancia y corporativismo.

Vasili Borísovich Nesterenko, ex director del Instituto de Energía Nuclear de la Academia de Ciencias de Belarús

 

Voces de Chernóbil

Svetlana Alexiévich

El accidente nuclear de Chernóbil (1986) marca la fecha del desmoronamiento del poder soviético, lo que en cierta forma resulta muy tranquilizador, porque permite aislar el fenómeno dentro de unos parámetros muy lejanos de los nuestros. Sin embargo, la lectura de Voces de Chernóbil, que ilumina sin duda ese momento de la caída del comunismo, revela igualmente un preocupante parecido de la conducta de la gente bajo un régimen totalitario y bajo otra clase de gobiernos, donde en principio cabría esperar una respuesta diferente ante hechos de una gravedad extrema.

En el propio libro, cuya redacción final es del año 2006, se ensalza en uno de los testimonios la manera en la que los japoneses han construido sus centrales nucleares. Por supuesto esto es antes del desastre del accidente nuclear de Fukushima de 2011, donde un gobierno pretendidamente democrático y una gestión privada supuestamente eficaz han reproducido en gran medida las mismas malas prácticas ya observadas en Chernóbil (desde un diseño deficiente de la instalación al secretismo del gobierno y su minimización de las graves consecuencias del accidente, pasando por la utilización como liquidadores radiactivos de un ejército de descastados bajo el yugo de los yakuza, liquidadores que parecen condenados al mismo trágico destino de sus homólogos soviéticos) en una nueva tragedia cuyo alcance real distamos de conocer.

Pero no hace falta irse tan lejos para encontrarnos esta mezcla de sofisticada tecnología nuclear, máxima incompetencia con resultados fatales y negación de la gravedad de lo que ocurre por parte de las autoridades.

Si nos damos un paseo por la Avenida Complutense de Madrid, llegaremos al rutilante y puntero Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas, el CIEMAT, que en su origen se llamaba Centro de Energía Nuclear Juan Vigón. Creado en 1958, su objetivo fundamental será conseguir la bomba atómica para el régimen de Franco. El llamado Proyecto Islero (por el toro que mató a Manolete) arrancará en 1963 bajo la dirección de Guillermo Velarde, físico y general de división del Ejército del Aire. Lejos de ser una anécdota propia de una aventura de Mortadelo y Filemón, provocará notables tensiones entre España y Estados Unidos. Sólo después del fracaso del golpe de Estado de Tejero, en 1981, con Leopoldo Calvo Sotelo ya como presidente, abandonará España definitivamente su proyecto de bomba atómica.

Plantearse fabricar una bomba atómica en una ciudad como Madrid, que contaba en ese momento casi con tres millones de habitantes, parece ciertamente una idea propia del profesor Bacterio y revela una falta absoluta de sentido común.

Por suerte, nos libramos de un accidente grave relacionado con la bomba. De lo que no nos libramos fue de un vertido radiactivo en el alcantarillado de Madrid, que contaminó las aguas de los ríos Manzanares, Jarama y Tajo.

Si en Chernóbil fueron los suecos los primeros en dar la alerta ante el silencio del gobierno de Gorbachov, en nuestro caso fueron los portugueses los que pidieron explicaciones al gobierno de Franco cuando se les llenó de peces muertos la desembocadura del Tajo. Si en Chernóbil tardaron casi un día en desalojar la ciudad cercana de Prípiat, desde entonces una ciudad fantasma, aquí echaron el vertido radiactivo al alcantarillado y se fueron de fin de semana tranquilamente.

Podéis leer con detalle lo ocurrido en la exclusiva que publicó el diario El país en 1994 pinchando aquí.

En este otro sitio podéis ver un artículo en El Confidencial que, con motivo de la publicación del libro de Guillermo Velarde “Proyecto Islero. Cuando España pudo desarrollar armas nucleares” explica con detalle lo referente al proyecto español de la bomba atómica.

En este enlace a Cuatro Tv podéis ver a Iker Jiménez entrevistando a Miguel Yuste, un ex trabajador del CIEMAT que ha estado años reclamando una investigación independiente sobre los índices de radiactividad en su antiguo centro de trabajo y alrededores y denunciando la conexión entre la alta tasa de muertes entre los trabajadores del centro por cáncer, sobre todo de huesos, y la radiactividad a la que han sido expuestos mientras están en el centro. Señalar que muchos de sus excompañeros le consideran un alarmista impresentable, una clase de actitud que también queda recogida en Voces de Chernóbil, como si el problema fuese el mensajero y no la contaminación radiactiva. De hecho, si creemos el relato oficial, lo de Chernóbil fue una barbacoa que se les fue un poco de las manos, Fukushima está bajo control desde el minuto uno y el uranio que se encontró debajo de unos columpios en las instalaciones del CIEMAT fue una anécdota sin importancia, como las decenas de litros de vertido radiactivo que regaron las huertas madrileñas, cuyos cultivos llegaron a venderse en los mercados.

En la misma página de Cuatro Tv, también está el enlace al programa de Cuarto Milenio dedicado recientemente, en su primera parte, al accidente de Fukushima.

 

Chernóbil, Fukushima, Madrid

¡Todo está bajo control!

Ilustración de Marta Gómez-Pintado

 

 

2 comentarios en “Chernóbil, Fukushima, Madrid

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