Julio Ramón Ribeyro y el arte del cuento

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Mientras esperaba, recordó las recomendaciones de su jefe: nada de amenazas, cortesía señorial, espíritu de conciliación, confianza contagiosa. Todo esto para no intimidar al deudor, regresar con la dirección exacta y poder iniciar el juicio y el embargo.

Dirección equivocada
Julio Ramón Ribeyro

Es penoso irse del mundo sin haber adquirido una sola certeza. Todo mi esfuerzo se ha reducido a elaborar un inventario de enigmas.

Dichos de Luder
Julio Ramón Ribeyro

Julio Ramón Ribeyro veía su obra como el encuentro de sus lecturas (Kafka, Poe, Flaubert, etc.) y su experiencia, que le había de llevar, inevitablemente, por su propio camino. Un temprano viaje a Europa amplió su visión del mundo y le reveló en primera persona la dura realidad que hasta ese momento le había velado su procedencia acomodada. Se lo contó así al poeta César Calvo en una entrevista en 1971:

En 1954, cuando viajé a París, se operó definitivamente un gran cambio en mí. Esto se debió, en gran parte, al hecho de que tuve que trabajar en oficios penosos… Fui obrero en una estación de ferrocarril, portero en un hotel sórdido. Comprendí la vida durísima del que tiene que trabajar ocho o diez horas diarias, usando sus brazos, su fuerza física, y después no le queda tiempo ni curiosidad para leer ni educarse, ni para ir a un espectáculo, y lo único que le provoca es quedarse a dormir. Me di cuenta de que era una situación despiadada y sin salida, que los trabajadores en nuestro mundo llamado libre estaban como exonerados del porvenir y que eso se debía cambiar radicalmente.

La publicación de Los gallinazos sin plumas en 1955, una descripción brutal y desgarradora de la miseria en los suburbios de Lima, su ciudad natal, marcará el inicio de una trayectoria en la que el compromiso de Ribeyro con los que no tienen voz será una constante en su obra. Décadas después llamará a la extensa y magnífica antología de sus cuentos La palabra del mudo, remarcando esta vocación literaria de dar voz a quien no la tiene.

El autor de Los gallinazos sin plumas, La insignia, El banquete, El jefe, De color modesto, Alienación o Silvio en El Rosedal, por citar sólo algunas de sus obras maestras, comparte, en la introducción de La palabra del mudo, las claves de su visión del cuento, de las que sus propias creaciones son la mejor muestra: el cuento debe contar una historia, si es inventada debe parecer real y si es real inventada, el cuento debe ser breve, directo, mostrar un conflicto decisivo para el personaje y conducir inevitablemente hacia un único desenlace por sorprendente que pueda resultar.

La pluralidad de voces presente en la narrativa de Ribeyro expresa a su vez la continua interrogación que se hace el autor, en su plano más íntimo, sobre el mundo que le rodea y el sentido de su experiencia.

El 3 de junio de 1950, cuando apenas tenía veinte años, Ribeyro escribió en su diario, publicado cuatro décadas después con el revelador título de La tentación del fracaso:

Sólo ansío viajar. Cambiar de panorama. Irme donde nadie me conozca. Aquí ya soy definitivamente como han querido que sea. Conforme me aleje irán cayendo mis vestiduras, mis etiquetas y quedaré limpio, desnudo, para empezar a ser distinto, como yo quisiera ser. Pero, ¿adónde ir? Si llevo dentro de mí el germen de todo mi destino, ¿para qué hacer rodar por todos los paisajes, como un circo ambulante, el espectáculo de mi vida equivocada?

En 1977, veintisiete años después, Ribeyro escribió Silvio en El Rosedal, en el que su protagonista, que uno puede imaginar fácilmente como un reflejo del propio escritor, emprenderá un viaje que, por un azar de las circunstancias (una hacienda que hereda: “A Silvio le cayó esta propiedad como un elefante desde un quinto piso”), desembocará en una búsqueda de una clave que le dé un sentido a su vida. Descifrar el supuesto mensaje escrito en el rosedal del jardín de esta hacienda heredada será la excusa que permitirá a Silvio explotar sus múltiples potencialidades para acabar regresando siempre al punto de partida después de cada intento como un Sísifo sediento de trascendencia y eternamente atado a su propia intrascendencia. La relación de Silvio con ese rosedal no parece muy diferente a la de Ribeyro con su propia obra, en la que su insistencia en convertirse en el autor que le gustaría leer (en sus propias palabras en su Autocrítica: “Escribir, después de todo, no es otra cosa que inventar un autor a la medida de nuestro gusto”) da una unidad a su vida, que se empeña en no ofrecer certezas a las que agarrarse en su rumoroso devenir. La mirada de Ribeyro es así una mirada deliberadamente clásica:

Nunca he tenido las pretensiones de ser un pionero o un innovador. […] Vanguardia y retaguardia no tienen para mí ningún sentido. Lo importante es ser fiel a mis impulsos y transmitir, simplemente, el rumor de la vida.

Gracias a esa fidelidad a sí mismo Ribeyro consigue que, al leerle, nos conozcamos un poco más, pues es imposible no sentir a Ribeyro como a un amigo, y como él mismo escribió sobre los amigos en su diario: “Cada amigo es un espejo que nos refracta desde un ángulo distinto”. La pobreza extrema, el racismo, las componendas de la política, la búsqueda existencial, la derrota, la locura, estos y el resto de temas que toca Ribeyro nos devuelven un reflejo de lo que somos, a ratos terrible y otras humorístico, pero siempre desde la comprensión y empatía de su mirada singular.

La palabra del mudo

7 comentarios en “Julio Ramón Ribeyro y el arte del cuento

  1. Todas tus entradas me gustan mucho y siento que está podría ponerla en el puesto número uno, por el entusiasmo y lo bien que te la has pasado con este escritor. Sin duda lo agendaré (en mi eternamente larga lista de libros a leer) Gracias por la recomendación, es bueno tener escritores que se preocupen por la sociedad y tengan empatía (más si usan el humor, tanto drama sin una pizca de luz es contraproducente) Y sí, la realidad te golpea cuando te enfrentas a ella y dejas de vivir en tu “burbuja” mucha gente vive pensando que los demás están igual que ellos y no tienen ni idea. Saludos, nos leemos 🙂

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  2. Me falta leer más de El Flaco. Sigue en mis pendiente. Te contaré qué sólo he leído dos cuentos de él en el colegio. Ribeyro es uno de los indispensables en la curricula escolar. Todavía me queda marcado la botella de chicha de jora y los gallinazos sin plumas. Si vas al centro de Lima te encuentras a varios. Siempre tengo la sensación que he leído más. Sus frases son bien usadas cuando queremos expresarnos. Es curioso.
    Me alegra saber que lo has leído.
    Un fuerte abrazo 😘😘

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  3. Los cuentos en especial tienen su chiste. Es una manera de llegar como dice : directo al lector, sin llegar a ser tedioso como muchas historias muy buenas pero que por largas la gente desiste de leerla, (los que tienen un nivel promedio de lectura). También agregaré estos a mi lista de libros por leer, no conocía a Julio Ramón Ribeyro pero ahora ha llamado mi atención. Gracias por compartirnos algo sobre él.
    saludos.

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