Sorpresa y suspense

Si te gusta cómo empieza una historia, lo primero que querrás saber es cómo acaba. Pero si alguien te cuenta su final antes de tiempo, adiós a la emoción que estabas sintiendo. Si ya sabes lo que va a ocurrir, la emoción desaparece, aunque puedas seguir disfrutando en otros planos. Lo imprevisto y la incertidumbre son lo que mantiene la emoción en una historia. Sin sorpresa ni suspense la expectativa que genera la historia se cumplirá de la manera más previsible, que es también la más aburrida.

Sorpresa: pasas un reconocimiento médico rutinario y descubren que tienes un tumor. Tu vida da un giro inesperado.

Suspense: realizas nuevas pruebas para determinar si el tumor es benigno o maligno. Permaneces en vilo hasta que tengas el resultado. Cada detalle se carga ahora de sentido, como esa verruga que tienes en el cuello. ¿Desde cuándo está ahí? Buscas una clave que te permita anticipar lo que va a suceder. ¿Y qué haces ahora? ¿Investigas sobre el tema? ¿Hablas con los tuyos o esperas para no preocuparles? Hagas lo que hagas, todo queda supeditado al momento en el que te comuniquen el resultado de las pruebas.

Si la sorpresa está conectada con el sentido de la historia, revelará una dirección hasta entonces oculta de la narración. Actúa como punto de giro. Empuja la acción hacia delante.

Si el suspense está conectado con el sentido de la historia, la expectativa que genera afectará decisivamente a la suerte de los personajes, incluso aun cuando estos no fuesen conscientes de ello. El suspense facilita que nuestras emociones se conecten con el relato. Cuanto más haya en juego, más emocionante nos resultará lo que suceda hasta que se resuelva el conflicto. El suspense retarda la acción.

Sorpresa: tu pareja te invita a ver a tu grupo favorito el fin de semana. ¡Y tu grupo toca en Roma! Muy romántico y excitante.

Suspense: os perdéis callejeando por Roma y ya es casi la hora del concierto. Nervios, carreras. Conseguís un taxi pero quedáis atrapados en un monumental atasco. ¿Lograréis llegar a tiempo? Sea como sea, nada sustancial va a cambiar por eso ni en vosotros ni en vuestra relación.

Si la sorpresa es mera anécdota, su carácter arbitrario, no necesario, lastrará el ritmo del conjunto y sólo la brillantez del efecto que consiga puede justificarla, aunque este efecto será efímero.

Si el suspense afecta a una cuestión menor, que en nada altera el curso de la narración, su carácter superficial recargará la historia de barroquismos efectistas que tenderán a distanciar al público, y en la distancia la emoción se pierde.

Sorpresa: te enteras de que tu pareja tiene un tumor, por una cita que le dan para el próximo lunes. Le ha cambiado la cara al recibir el mensaje y te lo ha contado, aunque prefería no preocuparte. Estáis en Roma para ver a tu grupo favorito.

Suspense: el concierto se convierte en una pequeña tortura. Es todavía sábado y queda una eternidad hasta el lunes. Te aferras a cada momento, tu ánimo bajando y subiendo según puede más el miedo o la fe. Callejeáis por Roma y tú ahora sólo ves las ruinas en el esplendor que te rodea: las grietas en los muros, los miembros amputados de las estatuas, las pintadas que se extienden como la lepra sobre la piedra y el mármol. Buscas, con miedo, signos de deterioro también en la cara de tu pareja, en sus manos, en su cuerpo, y encuentras la misma armonía de siempre, la misma solidez. Te vuelves a animar. Y de pronto ves esa verruga en su cuello, que interpretas como un signo de mal agüero, y otra vez te cuesta un mundo poner buena cara… Esta agonía durará hasta que conozcáis el resultado de las pruebas, decisivo para vuestra suerte.

La sorpresa y el suspense son dos técnicas narrativas que imitan la manera en la que nos afecta lo imprevisto y la incertidumbre en nuestras vidas.

Lo imprevisto y la incertidumbre ponen en cuestión el sentido que damos, a través de nuestras expectativas, a nuestras acciones.

Sin lo imprevisto ni la incertidumbre todos nuestros empeños culminarían con éxito en una cadena lógica de causa-efecto, lo que nos convertiría en autores de nuestra propia vivencia, a semejanza de los dioses. Nos bastaría con desear algo para conseguirlo. Pero somos simples actores que sólo encontramos el sentido a nuestras acciones al concluirlas y situarnos con relación a ellas como espectadores. Por ejemplo: compras una casa pensando que va a ser la base sobre la que se construya tu futura felicidad y acaba siendo tu ruina porque al final no puedes pagar la hipoteca y te desahucian.
Lo único que sabemos seguro sobre el resultado de nuestras acciones es que, en un punto que desconocemos, la muerte interrumpirá su curso. En ese punto ya no cuentan intenciones y posibilidades. La lectura de sentido se hace sobre un trayecto cerrado que interpretamos como un destino cumplido.

El sentido final de una historia se alcanza allá donde todo imprevisto e incertidumbre se agota.

En cierta manera, toda historia es un relato de suspense que arranca con una sorpresa que cambia las expectativas de su protagonista (rompe su equilibrio, ya sea interna o externamente) y le obliga a actuar para volver a encontrar la armonía perdida, lo que le conducirá a nuevas sorpresas y revelaciones que alterarán el sentido de su vivencia hasta anclar su significado en el punto final, ese punto más allá del cual ya no puede haber sorpresa ni suspense.

Hitchcock a punto de encenderse un puro.

Hitchcock a punto de encenderse un puro. Ilustración de Marta Gómez-Pintado

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