Basado en hechos reales

Sobre la suspensión de la incredulidad

Debe preferirse lo imposible verosímil antes que lo posible increíble.

Poética

Aristóteles

“Basado en hechos reales”: cuando vemos esta advertencia al comienzo de una historia nos predispone a creer en la verdad de lo que vamos a ver o leer por increíble que pueda resultar, y también a darle más valor, pues preferimos lo verdadero a cualquier sucedáneo.

Ahora bien, si la historia falla en la exposición de los personajes y la trama, nos empezará a resultar increíble de verdad lo que sucede, por muy basado en hechos reales que esté, y acabaremos poniendo en duda que haya pasado realmente, o pensaremos que ha ocurrido de cualquier otra manera a como nos lo están contando.

También podría suceder que sea falso que la historia se basa en hechos reales, pero si no sabemos que nos están engañando, entraremos en el juego como si lo que nos cuentan hubiese ocurrido de verdad.

Lo decisivo en todos los casos es nuestra predisposición a creernos lo que nos cuentan.

Samuel Taylor Coleridge, en su Biografía literaria (1817), definió esta predisposición como la “voluntaria suspensión de la incredulidad por un tiempo, que constituye la fe poética”. Por supuesto, para que se dé este fenómeno, debemos sentirnos apelados por el interés de lo que nos cuentan, que debe afectarnos humanamente por fantástico que pueda ser su planteamiento, como sostiene Coleridge. Pero no basta con esto.

Para que nos creamos lo que nos cuentan, lo verosímil es lo que importa. Lo verosímil es lo que “tiene apariencia de verdadero” según la definición de la RAE. Podemos discutir si la verdad existe más allá de su apariencia, pero esto es indiferente en términos narrativos. Pensemos en un personaje histórico como Joseph Fouché, el ministro de la Policía de Napoleón, y en la biografía que escribió Stefan Zweig sobre él. Si Fouché fue de verdad como nos lo describe Stefan Zweig, o si este magnífico retrato literario poco o nada tiene que ver con el original, es algo que no podemos saber. Lo que sí sabemos es que absolveríamos de buen grado a Stefan Zweig si descubriésemos que el original no resulta ser fiel a su retrato, pues éste nos convence de una forma en la que seguramente no nos convencería el propio Fouché en persona, que en tanto que hombre de carne y hueso, nos resultaría tan impenetrable como una roca, una incógnita que Zweig ya nos da resuelta de una manera totalmente verosímil en su obra.

Lo verosímil, narrativamente, se construye por la coherencia entre las partes y el todo. Para Aristóteles, lo verosímil es sinónimo de necesario: todo obedece a una causa en la construcción dramática. No hay, por tanto, elementos arbitrarios ni contingentes como en la realidad. Desde el momento en el que partimos de A, lo importante es seguir la cadena lógica que nos lleva de A a B, y de ahí hasta la Z. Sea A un loco que se cree Napoleón o el propio Napoleón, las reglas que operan en su universo narrativo son iguales para ambos, sujetas a la lógica particular de las expectativas de cada uno.

En la realidad, podemos empezar por A y acabar en cualquier otro sitio. Te vas a dar un inocente paseo por el campo y terminas en la UCI por la cornada de un toro que se ha escapado de una finca cercana. O vuelves a casa tranquilamente. Sea como sea, una vez ocurren las cosas, se nos aparecen como necesarias, y deducimos sus causas según el sentido que queramos darle. Este “dar sentido” es un acto de fe también que se rige por la misma coherencia causal que imitan nuestras ficciones. En cada historia que contamos o nos cuentan renovamos este acto de fe que sustenta el sentido de nuestra experiencia.

Una ficción inspirada siempre tendrá el poder de una revelación, la confirmación de que detrás de las apariencias hay una verdad que podemos apresar a través del sentido.

 

La suspensión de la incredulidad

Realidad y representación. Ilustración de Marta Gómez-Pintado

 

Un comentario en “Basado en hechos reales

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