“Física de la tristeza” (2011), de Gueorgui Gospodínov

Portada de "Física de la tristeza", de Gueorgui Gospodínov

«En algunas personas, la empatía se desencadena a través del dolor; conmigo pasa a través de la tristeza. La física de la tristeza —inicialmente la física clásica— fue el objeto de mis ocupaciones durante unos cuantos años. La tristeza, al igual que los gases y los vapores, no tiene un volumen y una forma propios sino que adopta la forma y el volumen del recipiente o el espacio que habita».

Física de la tristeza
Gueorgui Gospodínov

Gueorgui Gospodínov pasa del laberinto de la mosca en Novela natural al laberinto del Minotauro en Física de la tristeza. Gospodínov es un poeta disfrazado de novelista. Su concepción abierta de la novela está en las antípodas del hilo lineal de la narración clásica. Su novela se desenvuelve por los intrincados pasillos de la memoria. Va de un lado a otro obedeciendo a conexiones subterráneas. Gospodínov nos acerca a su propia historia y a la de su familia con continuos saltos hacia atrás y hacia delante. Estos saltos afectan también a la naturaleza de la propia narración, que a través de retazos heterogéneos forma un todo orgánico. Como el propio autor escribe:

«Imagino un libro en el que haya un poco de cada clase y de cada género. Desde el monólogo, y pasando por el diálogo socrático y la epopeya del hexámetro, hasta el cuento, el tratado y la lista».

Gospodínov interpreta en Física de la tristeza el mito del Minotauro dándole la vuelta: el Minotauro no es un monstruo, sino un niño que primero es abandonado y luego sacrificado. Esta interpretación recuerda a la que ya hizo Julio Cortázar en Los reyes. Gospodínov ve su propio reflejo en el Minotauro. Empatiza con él y no con Teseo, el héroe que mata al supuesto monstruo y al que la mayoría aclama. El Minotauro es un niño abandonado. Ese niño abandonado se metamorfosea en varias figuras como la del abuelo de Gueorgui Gospodínov o como la del mismo Gueorgui a lo largo de Física de la tristeza. El abandono y la preservación de la memoria como condición necesaria para la empatía laten en cada rincón del laberinto, con resonancias borgianas, de esta obra.

Frente a partes ensayísticas en las que predomina una mayor abstracción, Gospodínov nos recuerda en pasajes brillantes su gran pulso como narrador puro. Son memorables historias como la de Julieta la loca, que estaba enamorada de Alain Delon. O la de su amigo Gaustín, que le proponía al poeta toda suerte de empresas surrealistas como el proyecto Arquitectura Momentánea: «pequeñas esculturas de alambre que representan unos segundos o unos minutos del vuelo de una mosca común» (es fácil ver la proyección del propio autor y sus obsesiones en este personaje).

Gospodínov viaja en el tiempo y también a través del espacio durante su narración, moviéndose de una época a otra y también por diferentes ciudades. Pero por mucha que sea la distancia recorrida seguimos en el punto de partida:

«El laberinto es la indecisión hecha piedra. Lo más deprimente del laberinto es que uno se ve constantemente obligado a elegir. Lo que desorienta no es tanto la falta de una salida como la abundancia de «salidas». Por supuesto, la ciudad es el más evidente de los laberintos».

En resumen, Gueorgui Gospodínov vuelve a tejer en Física de la tristeza un ambicioso relato compuesto de fragmentos que son parte de un rompecabezas. Al juntar esas piezas, es la cara del poeta la que vemos.

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