“Niño quemado” (1948), de Stig Dagerman

Portada de "Niño quemado", de Stig Dagerman

«Cuando nosotros mismos engañamos a una persona, podemos entenderlo muy bien, pues cada uno de nuestros actos desnudos va adornado de un séquito de explicaciones. Pero que alguien pueda engañarnos es inconcebible. Tan inconcebible como que algún día vayamos a morir. Solo podemos concebir que otros mueran y se quemen».

Niño quemado
Stig Dagerman

Stig Dagerman publicó Niño quemado en 1948. Apenas tenía veinticinco años. Es fácil ver su propio reflejo en Bengt, el joven y atormentado protagonista de su novela, que está inspirada en hechos autobiográficos. El idealismo de Bengt, propio de su falta de experiencia y su carácter exaltado, choca de bruces con la realidad de los hechos: su madre ha muerto y su padre tiene una amante, a la que está deseando colocar en su lugar. El luto es una formalidad molesta que solo retrasa su plan. Bengt odia a su padre y odia a Gun, su amante. La odia hasta que la conoce.

«Pues bastante poco podemos hacer contra una persona odiada que está sentada a nuestra mesa tomando té. Hasta Judas podría estar sentado a nuestra mesa. Y no le preguntaríamos por Jesús. Hablaríamos con él del tiempo».

Bengt hablará con Gun del tiempo y de otras trivialidades, pero es mucho más lo que callan cuando están el uno frente al otro, por más que Bengt se resiste a reconocerlo. En cambio, su insatisfactoria relación con Berit, su prometida, se presenta ante él desde el comienzo con suma claridad. Ni cuando están juntos dejan de estar solos. Así describe el narrador de la novela a Berit:

«Entonces Gun repara de repente en Berit. Con Berit ocurre a menudo que uno sabe que debe estar ahí y, sin embargo, no la ve. «Estará en algún otro sitio», piensa uno. Luego oye que sí que está en la habitación. Hasta los muebles pueden hacerte saber que están. Por eso crujen. Cuando uno la descubre, se da cuenta de que está de espaldas. Solo después advierte que en realidad no. Es solo que su cara y la parte delantera de su cuerpo a veces son capaces de expresar una soledad y un silencio que solo una espalda puede expresar».

Stig Dagerman alterna la narración en tercera persona y en primera para explorar el mundo de devastación y éxtasis en el que se consume su protagonista. Bengt se escribe cartas a sí mismo. Estas cartas iluminan el salto entre lo que dice y piensa y lo que hace, y constatan la distancia radical entre cómo se percibe él y cómo le perciben los demás. Es un monólogo ante el espejo en el que, por momentos, la exposición desnuda de un alma sensible sedienta de belleza devuelve el reflejo de un monstruo.

«Ser puro es poder sacrificarlo todo salvo lo único por lo que uno vive. […]
No quiero volverme ruin como ellos, tan ruin que todo lo que toque se vuelva igual de pequeño y pobre. Los he detestado toda mi vida por ello, por no atreverse a ser puros, por no atreverse a hacer algo verdaderamente hermoso».

Stig Dagerman, pese a su juventud, era ya un autor consagrado cuando escribió Niño quemado. Su último trabajo publicado hasta entonces eran las crónicas sobre la posguerra en Alemania que escribió para el periódico Expressen (Otoño alemán). Ser testigo directo de la devastación provocada en Alemania por la derrota en la guerra le causó un hondo impacto. Cuenta Per Olov Enquist en el prefacio de esta cuidada edición de Nórdica Libros que Dagerman le escribió a su editor que «después de Alemania la alegría de escribir ya no estaba». De hecho, fue un largo año y medio (dentro de una producción total que abarca apenas cinco años) el que estuvo en silencio. Hasta que, en seis semanas, escribe Niño quemado. Luego solo llegaría otra obra y un largo silencio final hasta su suicidio en 1954.

Niño quemado es una novela de una rara intensidad, que nos introduce en un mundo donde la extrema lucidez y la locura se confunden en un juego de luces y sombras que es tan fascinante como inquietante. Su atmósfera opresiva y el choque con las convenciones que pretenden encerrar en roles definidos el misterio que habita en cada uno de nosotros remiten a lo mejor de la obra de otros grandes autores suecos como Strindberg, Bergman o el propio Enquist. En definitiva, Niño quemado es una obra vigorosa e impactante que retrata con maestría a unos seres huérfanos de destino que tropiezan y se levantan debatiéndose en un vértigo existencial entre la ilusión y la desesperación.

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6 comentarios en ““Niño quemado” (1948), de Stig Dagerman

  1. Hola Juan pues la lectura de tu post, impecable como siempre, me ha animado a buscar este libro. Las citas me han gustado mucho, en especial la primera que encierra una gran lucidez y acierta de lleno en lo que es la conducta humana. Además de la novela siento curiosidad por el autor que parece tuvo una vida trágica, igual esto es más común de lo que parece no sé. Se nota que has disfrutado de la lectura y que te guardaste citas excelentes. Saludos 🙂

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    • Este libro puede resultar una lectura incómoda incluso en algunos momentos, pero qué manera de escribir la de Dagerman.
      Más que tener una vida trágica, lo que parece que quebró a Dagerman, que era anarquista, fue ver sobre el terreno el horror de la derrota en Alemania.
      Uno de sus últimos textos, muy breve, fue «Nuestra necesidad de consuelo es insaciable». Imagino que eso es lo que buscó hasta el final.
      Saludos, Coremi 🙂

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  2. ¡Hola! Es la primera vez que leo una reseña positiva de este libro, no se porque no había encontrado a alguien que le gustara, se menciona que su prosa no es muy accesible. Que bueno que encontré una opinión diferente, me gusta comparar argumentos. Me llamo la atención que el autor se reflejara en el protagonista y por lo que mencionas sobre la trama y su desarrollo parece una historia intimista. Interesante opinión 🙂 ¡Saludos!

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    • Es verdad que es un libro que puede resultar un tanto hermético para quien no esté familiarizado con la literatura europea de esa época, que tiene una carga filosófica existencial muy acentuada. Además, el protagonista llega a provocar rechazo e indignación en ciertos momentos. Enquist la considera «la Sencilla Obra Maestra». Hay biógrafos de Dagerman, en cambio, que apenas le dedican una línea. Para gustos los colores… Saludos, Noctua 🙂

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