«La cena» (2009), de Herman Koch

Portada de "La cena", de Herman Koch

«Si tuviese que dar una definición de la felicidad, diría lo siguiente: la felicidad se basta a sí misma, no necesita testigos».

La cena
Herman Koch

Herman Koch reúne en La cena a dos matrimonios en torno a la mesa de un restaurante. La historia se cuenta desde el punto de vista de Paul Lohman, un exprofesor que tiene una visión muy particular del mundo y que no soporta a su hermano, un político de éxito presente también en la reunión. Tienen un asunto importante que tratar con relación a sus hijos. La felicidad futura de todos está en juego, una felicidad que, ciertamente, no necesita testigos.

Lo que comienza siendo una presentación ácida de unos burgueses adinerados cenando en un restaurante de lujo se convierte, según avanzan los platos, en un retrato muy oscuro de la moral y los valores de estos ciudadanos corrientes puestos ante una situación excepcional: sus hijos han cometido un crimen execrable, un crimen que, por otra parte y según señala una de sus madres:

«—Estas cosas acaban por olvidarse. Ya está pasando ahora mismo. La gente dice que es una vergüenza, pero quieren seguir adelante con sus vidas. Dentro de dos o tres meses ya nadie hablará de ello».

El desarrollo de los acontecimientos nos permitirá comprobar hasta dónde están dispuestos a llegar unos y otros por lo que consideran el bien de sus hijos.

Durante una entrevista para la BBC, Herman Koch contaba sobre la génesis de La cena que primero tuvo la idea de escribir una novela que transcurriese durante una cena en un restaurante y que cada parte del libro fuese como la sección de un menú. Después, un suceso escalofriante visto en las noticias le dio el contenido dramático a esa cena imaginaria. Su propia experiencia como padre le permitió volcar sus inquietudes en la novela.

Paul, el narrador en primera persona de la historia, tiene una visión muy crítica con sus buenas dosis de humor, que lo vuelve muy cercano cuando empezamos a conocerle. Así, por ejemplo, cuando reflexiona sobre la escasa cantidad de comida en los platos y el enorme vacío alrededor:

«Era como si el plato vacío te estuviera retando a hacer algún comentario al respecto, a ir a la cocina a pedir explicaciones. «¡A que no te atreves!», decía, y se reía en tu cara».

Y luego está la gente a la que le gustan los restaurantes de lujo, como su hermano, el político de éxito:

«Seguía sonriente, pero su sonrisa era totalmente huérfana de emoción. Se le notaba que pensaba «No dejes de sonreír». Aquella sonrisa procedía del mismo saco que el apretón de manos. Ambos debían procurarle la victoria electoral al cabo de siete meses. Por mucho que le arrojasen huevos podridos a la cabeza, la sonrisa debía permanecer intacta. Entre los restos de la tarta de nata que algún activista exaltado le estampara en la cara, los electores debían atisbar ante todo la sonrisa».

La cercanía con Paul se esfuma cuando conocemos cosas de él que llevan a replantearse todo lo que hasta ese momento íbamos dando por bueno, fiados en su narración. Herman Koch explota este recurso narrativo con brillantez. Paul, su protagonista, ya no es alguien con el que resulte fácil identificarse, pero eso solo le hace más interesante:

«Me sentí extrañamente sereno. Sereno y cansado. No habría violencia. Pasaría como con una amenaza de tormenta: se entran todas las sillas de la terraza y se recogen los toldos, pero no sucede nada. La tormenta pasa de largo. Y, en cierto modo, es una pena. A todos nos gusta ver cómo los tejados de las casas son arrancados de cuajo y salen volando por los aires; ése es el efecto calmante de los documentales sobre tornados, huracanes y tsunamis. Es terrible, por supuesto, todos hemos aprendido a decir que nos parece terrible, pero un mundo sin catástrofes ni violencia —ya sea violencia natural o de carne y hueso— sí que sería insoportable».

En ese mundo viven los protagonistas de esta novela, un mundo en el que todo rastro de inocencia parece desterrado y en el que el más loco puede acabar siendo el que todavía cree que hay unos valores de conducta más allá del oportunismo del momento.

En definitiva, La cena de Herman Koch es una novela muy interesante, que se lee de un tirón por su brillante propuesta narrativa, sustentada en un protagonista que es una caja de sorpresas, y por la entidad dramática del tema planteado. Cuanto más loca se vuelve su trama, más lucido resulta su planteamiento. Lo mejorable, sin duda, el postre, que a más de uno se le puede atragantar…

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7 comentarios en “«La cena» (2009), de Herman Koch

  1. ¡Hola! Tengo este libro en pendientes desde tiempos inmemoriales, muchos dicen que el final es insatisfactorio pero su crítica social es buena. Pero por lo visto a ti no te decepciono el final así que voy a tenerle un poco más de fe.

    Eso de que el protagonista resulta identificable desde el principio lo pude ver con esta frase: Seguía sonriente, pero su sonrisa era totalmente huérfana de emoción. Se le notaba que pensaba «No dejes de sonreír». Si a mí me pasa eso todo el tiempo cuando noto una sonrisa falsa me cae fatal son horribles.

    Por lo que mencionaste, el planteamiento simple pero que a la vez lleno de sorpresas y con buen ritmo me recuerda a las mejores películas de Hitchcock, es una pena que no podamos ver una adaptación de un libro así hoy en día. ¡Saludos!

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  2. Qué buena reseña. Gracias, Juan. Te provoca leer el libro, (apuntado). Muy interesante. Sin embargo, parece que deja un sabor amargo, como resultado de la naturaleza corrompida de los personajes. Me intriga saber si el autor ha optado por personajes cínicos sin redención. No somos blanco o negro, verdad?

    Le gusta a 1 persona

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