Noticias desde el planeta Clarion: The Dorothy Martin Experience

Disonancia cognitiva y bloqueo creativo

 

The Dorothy Martin Experience

Dorothy Martin. Ilustración de Marta Gómez-Pintado

Estamos en Chicago, 20 de diciembre de 1954. Dorothy Martin lidera una secta apocalíptica. A través de la escritura automática, los seres del planeta Clarion llevan meses comunicando con ella y le han hecho saber que este día a medianoche va a ser el fin del mundo. Los océanos inundarán toda la Tierra y sólo los iniciados de su grupo, que han cortado en las últimas semanas sus vínculos laborales y afectivos con su entorno como preparación para este trascendente momento, van a salvarse. Descenderá del cielo un platillo volante y Sananda (el Jesús de esta civilización superior) los llevará con ellos…

Llega la medianoche y, como habrá supuesto quien esté leyendo estas líneas, ni aparece ningún platillo volante ni el flamante Sananda, que debe tener mejores cosas que hacer a esta hora. Quienes sí han aparecido por la casa de Dorothy Martin son los periodistas, dispuestos a sacarle jugo a la situación. Los que ya estaban aquí, infiltrados en esta secta, son el psicólogo Leon Festinger y sus colaboradores, que publicarán en un año su estudio del caso: Cuando la profecía falla. Están deseosos de ver la reacción de Dorothy Martin y sus seguidores, una reacción que ellos piensan va a ser de refuerzo de sus creencias pese al evidente fracaso de su profecía. No ha sido el fin del mundo pero lo importante aquí, según su previsión, es ese afán nuestro de justificar siempre lo que hacemos para salvar toda contradicción con lo que pensamos al que Festinger dotará del marco teórico de su “disonancia cognitiva”. Y aciertan. Tras la inicial zozobra, Dorothy Martin recibe una nueva comunicación de los habitantes del planeta Clarion: ¡gracias a ella y su grupo, a “la fuerza del Bien y la luz” que su unión ha provocado esta noche, el mundo se ha salvado! Lejos de esconderse, Dorothy Martin y sus seguidores salen con ánimo renovado al encuentro de los periodistas para comunicarles la buena nueva y ganarse nuevos prosélitos.

Cuando escribimos, más pronto que tarde, entramos en trance al estilo de Dorothy Martin y empezamos a verter de manera automática sobre la hoja en blanco las comunicaciones que nos llegan del mundo paralelo donde habitan los personajes de nuestra historia. Cuando las comunicaciones se cortan, momento que suele ir precedido de crecientes interferencias y pérdida de calidad de la señal procedente de ese espacio imaginario de cuya realidad se nutre nuestra ficción, la insipidez del mundo que nos rodea provoca nuestra inevitable resistencia a poner bajo la luz crítica lo que nos parece una revelación obtenida de su misma fuente. En otras palabras: si el propio autor no cree en su historia, ¿quién más va a creer en ella entonces? Sin embargo, ante la persistencia del silencio que nos mantiene atrapados en el mismo punto, es inevitable empezar a dudar sobre esa verdad que nos ha parecido incuestionable mientras escribíamos al dictado de nuestra inspiración. Y entonces se produce la fatal revelación que nos muestra lo que no hemos querido ver hasta ese momento: el problema estructural localizado en esa parte en la que nos hemos atascado. Lo lógico sería que atacásemos directo ese problema, por trabajoso y complicado que pueda resultar desandar parte del camino hecho para volver a enderezar el trayecto de nuestra historia. Pero lo lógico no es lo que nos mueve a contar nuestra historia, sino nuestro apego emocional a ella. Es una cuestión de fe. Volver sobre los propios pasos es una retirada cobarde. Estamos siendo puestos a prueba. Ahora es cuando más firme tenemos que estar. Así que no tocamos nada, y finalmente, como Dorothy Martin en el último momento, recibimos una oportuna comunicación salvadora de nuestro particular planeta Clarion que nos permite seguir con nuestra historia. Insistiremos entonces en la dirección que ya sabemos equivocada y que, sin embargo, sentiremos justificada por su forzado armazón causal, que se despegará definitivamente de la verdad que buscábamos en nuestra historia para consolarnos con el sucedáneo de una revelación a medida de nuestras carencias y no de nuestras ambiciones.

Vamos a verlo con un ejemplo: supongamos que nuestro tema es la ingratitud y queremos ilustrarlo mostrando el sacrificio de nuestra protagonista que ni siquiera es reconocido ni valorado por la persona a quien ayuda. Hemos elegido a dos chicas que son compañeras de piso y que ni siquiera se tienen particular simpatía. Una se mete en un lío y la otra la ayuda altruistamente, poniendo en juego su propia vida, sin recibir otro pago de su compañera de piso que la indiferencia o, incluso, la traición. El planteamiento chirría claramente: dos chicas que ni siquiera son amigas, ¿y una está dispuesta a sacrificarse por la otra? La motivación de nuestra protagonista es claramente endeble para el riesgo que queremos que asuma. Esto dará lugar, inevitablemente, a una sucesión de situaciones forzadas e inverosímiles, que generarán su propia dinámica. Queríamos hablar de ingratitud, pero a la enésima vez que alguien nos diga que es estúpido lo que hace nuestra protagonista, llegaremos a la conclusión de que, en realidad, nuestra historia va sobre la estupidez humana, y rápidamente encontraremos la conexión inevitable entre ingratitud y estupidez. Todavía hay gente convencida de que Dorothy Martin salvó el mundo aquel 21 de diciembre de 1954. Seguro que nos consideran al resto unos estúpidos ingratos.

Nuestra otra posibilidad: nos tomamos un descanso, hacemos distancia con el texto, y cuando volvemos a él vemos, como el lector medio de nuestra obra, que nuestra protagonista carece de la motivación adecuada y se la damos. Las dos compañeras de piso serán ahora hermanas, madre o hija, o íntimas amigas desde la infancia. Cualquiera de estas opciones reforzará automáticamente la motivación de nuestra protagonista y dará el relieve adecuado a nuestro tema. Que un extraño se comporte como un ingrato tiene un pobre recorrido dramático, pero si es una persona muy próxima, entonces tenemos un material rico entre nuestras manos que podrá dar lugar a obras maestras como Papa Gorriot de Honoré de Balzac (la historia de un padre dispuesto a sacrificarlo todo por unas hijas que lo desprecian).

 

Un comentario en “Noticias desde el planeta Clarion: The Dorothy Martin Experience

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