Tenía pensado escribir una breve presentación de Max Luna y su mundo. Max es el protagonista de mi nueva novela. Pero, con este calor, mi pereza es mayúscula 😆 Como he visto que todavía no se puede leer la muestra del comienzo del libro en Amazon, aprovecho y voy a dejar que sea el propio Max Luna el que se presente. Comparto el primer capítulo de El juego de Afrodita. La novela ya está disponible en formato electrónico y en tapa blanda en la tienda de Amazon.
El juego de Afrodita: Primer capítulo
El corazón es un cazador solitario.
Carson McCullers
1
Esperaba que Sofía estuviera aquí, en el comedor de nuestras oficinas. Son las diez de la mañana. Sofía y yo solemos coincidir a esta hora. Al principio cambiábamos un saludo de cortesía y seguíamos cada uno a lo nuestro. Un día ella vio que tomaba mi café sin azúcar y me pidió el sobre del mío. Nos pusimos a hablar y fue agradable. Sofía me gusta y creo que yo le gusto a ella. La empresa tiene una estricta política respecto a las relaciones entre sus empleados. Está prohibido que tengamos relaciones de índole sexual o amorosa. Nunca le he hecho ninguna insinuación a Sofía en ese sentido, pero, por la manera en la que me mira y por la creciente complicidad que tenemos, me parece que ella está dispuesta a saltarse las reglas si se presenta la ocasión. Yo no quiero forzar las cosas, pero, al final, ella es una mujer y yo soy un hombre, y los dos sabemos lo que se está cociendo en el ambiente.
Miro un momento por la ventana que está situada junto a la máquina de las bebidas. La ventana tiene los cristales empañados. Está siendo un abril más frío de lo habitual. El cielo está muy nublado, tiene pinta de que hoy va a llover también. Bajo el cielo gris, observo los trenes circulando despacio por las vías a lo lejos. Estamos a cinco minutos andando de la estación de Atocha. Esto está bien comunicado. Tardo media hora en llegar desde casa.
Oigo un simpático taconeo que se acerca por el pasillo y siento una agradable sensación en el pecho anticipando el encuentro con Sofía, pero quien sea pasa de largo. Suspiro y echo una moneda en la máquina.
Tomo demasiado café. Debo tener cuidado, el médico me ha dicho que tengo los niveles de glucosa un poco altos. Tomo el café solo y sin azúcar por el tema de la glucosa. Al principio me parecía como beber gasolina, pero ya me he acostumbrado. Tengo que estar muy despierto mientras trabajo.
Soy ingeniero de ciberseguridad. Trabajo en Omega Incorporated, una empresa del sector de corredores de datos. Recopilamos toda la información de lo que hace una persona desde que se levanta hasta que se acuesta para elaborar un perfil sobre ella que vendemos a nuestros clientes. Nuestros clientes son bancos, entidades de crédito, aseguradoras, agencias publicitarias y cualquier otra empresa que pueda hacer negocio con la información que facilitamos. Esta información la recopilamos de diferentes fuentes, ya sean públicas o privadas. Abarca desde los hábitos de navegación con el teléfono de una persona o lo que ve en la televisión a las multas de tráfico que le han puesto o sus antecedentes penales si los tuviera. Mi tarea es velar por que toda esta información tan sensible sea inaccesible para un atacante externo. Si alguien se escandaliza pensando que esta información es accesible para nosotros, le diré que ignoro de dónde se obtiene porque esa no es mi tarea, pero sí sé que la mayoría de los datos se recopilan gracias a la costumbre que tenemos todos de no leer la letra pequeña, y al uso de patrones oscuros que nos manipulan para que hagamos clic en el botón de «Aceptar» sin cuestionarnos lo que implica nuestro consentimiento.
Estoy contento con mi empresa. Me pagan cuatro mil netos para que ponga mis cinco sentidos en la tarea durante la jornada laboral. Ficho a las ocho, pero nunca sé a qué hora terminaré. Es agotador y estresante. Mi idea es aguantar unos años y luego vivir un retiro dorado, si es que antes no me da un infarto o una crisis nerviosa. Eso le ha pasado a más de uno aquí.
Oigo más pasos en el pasillo, estos suenan demasiado pesados y enérgicos como para que se trate de Sofía.
Julio me sonríe al entrar en el comedor. Trabaja en el departamento de Recursos Humanos, es el jefe de Sofía. Le caigo bien, por algún motivo que desconozco. Yo no le soporto, con su sonrisa hipócrita y su pelo engominado. Me mira con aire condescendiente, como si me estuviera haciendo un favor por dedicarme un minuto de su valioso tiempo. Sofía me ha contado que es un inútil, pero que le mantienen en el puesto porque es el yerno del director.
—¿Tomándote un respiro en mitad de la batalla? —dice Julio.
Mi trabajo es secreto. Tengo prohibido compartir información con nadie, pero aquí todos saben que, en lo mío, soy el mejor.
—Estoy estirándome un poco —contesto—. Me duele la espalda. Mi silla es una porquería. He pedido a los de Prevención una nueva hace semanas. Y luego vienen con gilipolleces de encuestas sobre el grado de satisfacción con la empresa.
—Luego voy a verlos. Se lo recuerdo de tu parte.
—Te lo agradezco. No me sobra el tiempo como para andar tras ellos.
—De todos modos, ahora, con la Inteligencia Artificial, imagino que la tarea te debe resultar más fácil —dice Julio mientras se sirve otro café de la máquina, en su caso con leche y una corona de nata en la superficie.
—Todo lo contrario. Ahora tengo que hacer el doble de trabajo. Utilizan la IA también para explotar las vulnerabilidades de nuestros sistemas de seguridad. Y aunque la IA ayuda a contrarrestar las amenazas, tengo que andar revisando continuamente lo que hace para que no se convierta ella misma en la amenaza.
Julio asiente mientras da un trago a su café. La nata que le ha echado le deja un bigote blanco encima de los labios. Es algo que siempre me ha dado repelús.
—Bueno, por lo menos, de momento tienes el trabajo asegurado —dice Julio—. A mí pronto me reemplazarán por una máquina para gestionar al personal. Y tendrán el humor de seguir llamándolo Recursos Humanos.
—Todavía queda un largo trecho para eso, si es que llega a ocurrir. Los dos sabemos que no hay imitación que valga cuando se trata de la interacción entre personas.
—Ahorro de costes —dice Julio. Luego hace algo que odio: se limpia el bigote de nata con el dorso de la mano. Puede que, después de todo, tenga sus ventajas tratar con una máquina en vez de con una persona.
Apuro mi café de un trago y me despido sin dar opción a Julio para que me embadurne con esa mano llena de nata. Dicen que al tipo se le dan bien las mujeres. No sé qué verán en él, aparte de la pinta de capullo que tiene.
Me vienen recuerdos de mi época loca de ligoteo y me cuesta reconocerme. Ha llovido desde entonces. Estoy a mitad de mis treinta años y ya no tengo la cabeza para tonterías. Si surge algo serio, bien, y si no, tampoco tengo tiempo para complicarme la vida.
Vuelvo a mi despacho.
Es bonito, con sus paredes revestidas de madera de nogal, pero pequeño. Apenas puedo dar dos pasos dentro de él. Aun así, es mucho mejor que estar en las mesas de fuera, codo con codo con los compañeros, más apretados que abejas en una colmena.
Miro un momento a Christian Bale en el cartel de Batman que puse encima de los archivadores para darle algo de animación al lugar. Dicen que me parezco a él, aunque yo no tengo ningún traje de murciélago en el armario.
Me siento de nuevo frente al ordenador y reanudo la tarea.
Llevo cinco minutos pegado a la pantalla cuando me suena el móvil. Estoy concentrado y tardo en contestar. Antes de hacerlo, realizo unos rápidos estiramientos. Vuelvo a notar la espalda cargada.
Es un mensaje de Sofía.
«Estoy en la cafetería. ¿Te vienes?».
Ha transcurrido media hora desde que Sofía me escribió el mensaje. Media hora que ha volado sin que me dé cuenta. Y así, un día tras otro. Me da vértigo pensar en lo rápido que pasa el tiempo. Quiero que mi vida sea algo más que mi trabajo, pero llego tan cansado a casa que solo quiero descansar para reponer fuerzas y, luego, vuelta a empezar en un ciclo que no parece tener fin.
«Estoy muy liado» —escribo.
Sofía me contesta al momento:
«Ya estoy fuera. He echado de menos tu sobre de azúcar para el café».
«Te daré dos mañana».
«Trato hecho».
Sonrío, imaginando a Sofía con una mueca burlona mientras me escribe.
Vuelvo mi atención a los dos monitores que tengo delante, desde los que chequeo la seguridad del sistema, y sigo con el trabajo.
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